sábado, 5 de marzo de 2016

Capítulo 4: Las cuatro características de las Escrituras: (1) Autoridad



Capítulo 4
Las cuatro características de las Escrituras: (1) Autoridad
¿Cómo sabemos que la Biblia es la Palabra de Dios?
En el capitulo previo nuestro objetivo fue determinar cuáles escritos pertene­cen a la Biblia y cuáles no. Pero una vez que hemos determinado qué es la Biblia, nuestro siguiente paso es preguntar cómo es ella. ¿Qué nos enseña toda la Biblia respecto a si misma?
Las principales enseñanzas de la Biblia en cuanto a si misma se pueden clasificar en cuatro características (a veces llamadas atributos): (1) la autoridad de las Escri­turas, (2) la claridad de las Escrituras, (3) la necesidad de las Escrituras y (4) la suficiencia de las Escrituras.
Con respecto a la primera característica, la mayoría de los cristianos estaría de acuerdo en que la Biblia es nuestra autoridad en algún sentido. Pero ¿en qué senti­do afirma la Biblia ser nuestra autoridad? Y ¿cómo nos persuadimos de que las afir­maciones de la Biblia en cuanto a ser la Palabra de Dios son verdad? Estas son las preguntas que se consideran en este capitulo.

La autoridad de las Escrituras quiere decir que todas las palabras de la Biblia son pala­bras de Dios de tal manera que no creer o desobedecer alguna palabra de las Escrituras es no creer o desobedecer a Dios.
Esta definición se puede ahora examinar en sus varias partes.
A.   Todas las palabras de las Escrituras son palabras de Dios
1.   Esto es lo que la Biblia afirma en cuanto a sí misma. Hay frecuentes afirma­ciones en la Biblia de que todas las palabras de las Escrituras son palabras de Dios (como también que fueron escritas por hombres).' En el Antiguo Testamento esto se ve frecuentemente en la frase introductoria: «Asi dice el Señor», que aparece cientos de veces. En el mundo del Antiguo Testamento esta frase se habría recono­cido como idéntica en forma a la frase «Así dice el rey...», que se usaba como prefa­cio en los edictos de un rey a sus súbditos, edicto que no se podía cuestionar o poner en tela de duda sino que simplemente había que obedecer.' Asi que cuando los profetas dicen: «Así dice el Señor», están afirmando ser mensajeros del Rey so­berano de Israel, es dedr. Dios mismo, y están afirmando que sus palabras son ab­solutamente palabras autoritativas de Dios. Cuando el profeta hablaba en el nombre de Dios de esta manera, toda palabra que decía tenia que ser de Dios, o se­ria un falso profeta (cf. Nm 22:38; Dt 18:18-20; Jer 1:9: 14:14; 23:16-22; 29:31-32; Ez 2:7; 13:1-16).
Es más, se dice que Dios a menudo hablaba -a través» del profeta (1 R 14:18; 16:12,34; 2 R9:36; 14:25; Jer 37:2; Zac 7:7,12). Por tanto, lo que el profeta dedaen el nombre de Dios. Dios lo deda (1 R 13:26 con v. 21; I R 21:19 con 2 R 9:25-26; Hag 1:12; cf. 1 S 15:3.18). En estas y otras insta no as en el Antiguo Testamento, a las palabras que los profetas dijeron uno puede igualmente referirse como palabras que Dios mismo dijo. Asi que no creer o desobedecer algo que el profeta deda era no creer o desobedecer a Dios mismo (Dt 18:19; 1 S 10:8; 13:13-14; 15:3, 19, 23;
1  R 20:35,36).
Estos versiculos, por supuesto, no aducen que todas las palabras del Antiguo Tes lamento son palabras de Dios, porque estos versículos mismos se refieren sólo a sec- dones especificas de palabras dichas o escritas en el Antiguo Testamento. Pero la fuerza acumulativa de estos pasajes, induvendo los dentos de pasajes que empiezan con «Así dice el Señor», es demostrar que dentro del Antiguo Testamento tenemos registros escritos de palabras que se dicen ser las propias palabras de Dios. Estas pala­bras al ser escritas constituyen grandes secdones del Antiguo Testamento.
En el Nuevo Testamento varios pasajes indican que se pensaba que todos los escritos del Antiguo Testamento eran palabras de Dios. 2 Timoteo 3:16 dice: «Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justida»[1] Aquí «Escritura» (graje) se debe referir a las palabras escritas del Antiguo Testamento, porque eso es a lo que la palabra graje se refiere en cada una de sus cincuenta y una ocasiones en que aparece en el Nuevo Testamento/ Es más, las «Sagradas Escrituras» del Antiguo Testamento es a lo que Pablo' acaba de referirse en el versículo 15.
Pablo afirma aquí que todos los escritos del Antiguo Testamento son teopneus- tós, «inspirados por Dios». Puesto que son escritos de los que se dice que son «inspi­rados», esta inspiración se debe entender como una metáfora de pronunciar las palabras de las Escrituras. Este versículo, pues, indica en forma breve lo que es evidente en muchos pasajes del Antiguo Testamento: se consideran los escritos del Antiguo Testamento como palabras de Dios en forma escrita. Para toda palabra del Antiguo Testamento, Dios es el que la habló (y todavía habla), aunque Dios usó agentes humanos para escribir estas palabras.
Una indicación similar del carácter de todos los escritos del Antiguo Testamen­to como palabras de Dios se halla en 2 Pedro 1:21. Hablando de las profecías de las Escrituras (v. 20), lo que quiere decir por lo menos las Escrituras del Antiguo Tes­tamento a las cuales Pedro anima a sus lectores a prestar atención cuidadosa (v. 19), Pedro dice que ninguna de estas profecías jamás «ha tenido su origen en la vo­luntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo». No es la intención de Pedro negar completamente la voluntad o personalidad humanas en el hecho de escribir las Escrituras (dice que los hombres «hablaron»), sino más bien decir que la fuente suprema de toda profecía nunca fue decisión del hombre respecto a lo que quería escribir, sino más la acción del Espíri­tu Santo en la vida del profeta, puesta en práctica de maneras no especificadas aquí (o, para el caso, en ninguna parte de la Biblia). Esto indica una creencia de que to­das las profecías del Antiguo Testamento (y, a la luz de los vv. 19-20, esto probablemente incluye todas las Escrituras del Antiguo Testamento) son dichas «por Dios»; es decir, son las palabras de Dios mismo.
Muchos otros pasajes del Nuevo Testamento hablan de manera similar en cuanto a secciones del Antiguo Testamento. En Mateo 1:22 se citan las palabras de Isaías 7:14 como: «lo que el Señor había dicho por medio del profeta». En Mateo 4:4 Jesús le dice al diablo: «‘‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». En el contexto de las repetidas citas de Deuteronomio que Jesús utiliza para responder a toda tentación, las palabras que proceden «de la boca de Dios» son las Escrituras del Antiguo Testamento.
En Mateo 19:5 Jesús cita las palabras del autor de Génesis 2:24. no atribuidas a Dios en el relato de Génesis, como palabras que Dios «dijo». En Marcos 7:9-13 al mismo pasaje del Antiguo Testamento se le puede llamar intercambiablemente «el mandamiento de Dios», o lo que «Moisés dijo», o «la palabra de Dios». En He­chos 1:16 se dice que las palabras de los salmos 69 y 109 son palabras que «por boca de David, había predicho el Espíritu Santo». Así que se dice que las palabras de las Escrituras son palabras del Espíritu Santo. En Hechos 2:16-17, al citar «lo que anunció el profeta Joel» dejoel 2:28-32, Pedro inserta «dice Dios», atribuyendo de este modo a Dios las palabras escritas por Joel, y afirmando que Dios está diciéndo- las al presente.
Se podría citar muchos otros pasajes (vea Le 1:70; 24:25; Jn 5:45-47; Hch 3:18, 21; 4:25; 13:47; 28:25; Ro 1:2; 3:2; 9:17; 1 Co 9:8-10; Heb 1:1-2, 6-7), pero el patrón de atribuir a Dios las palabras de las Escrituras del Antiguo Testamento debe ser muy claro. Es más, en varios lugares se dice que todas las palabras de los profetas o las palabras de las Escrituras del Antiguo Testamento son para que las creamos o que proceden de Dios (vea Le 24:25, 27, 44; Hch 3:18; 24:14; Ro 15:4).
Pero si Pablo quería decir sólo los escritos del Antiguo Testamento cuando se refirió a «Escrituras» en 2 Timoteo 3:16, ¿cómo se puede aplicar eso a los escritos del Nuevo Testamento por igual? ¿Dice ese pasaje algo en cuanto al carácter de los escritos del Nuevo Testamento? Para responder esa pregunta debemos damos cuenta de que la palabra griega grafé («Escrituras») era un término técnico para los escritos del Nuevo Testamento y tenia un significado muy especializado. Aunque se usa cincuenta y una veces en el Nuevo Testamento, cada una de esas instancias se refiere a escritos del Antiguo Testamento, no a ninguna otra palabra o escritos fuera del canon de las Escrituras. Por tanto, todo lo que pertenecía a la categoría de «Escrituras» tenía el carácter de ser «inspirado por Dios»; sus palabras eran palabras de Dios mismo.
Pero en dos lugares del Nuevo Testamento vemos también que se llama «Escrituras» al Nuevo Testamento a la par de los escritos del Antiguo Testamento. Como notamos en el capítulo 3, en 2 Pedro 3:16 Pedro muestra no sólo tener co­nocimiento de la existencia de Epístolas escritas por Pablo, sino también una clara disposición a clasificar «todas sus epístolas [de Pablo]» con «las otras Escrituras». Esta es una indicación de que muy temprano en la historia de la iglesia cristiana se consideraban todas las Epístolas de Pablo como palabras de Dios escritas en el mis­mo sentido que se consideraban los textos del Antiguo Testamento. En forma si­milar, en 1 Timoteo 5:18 Pablo cita las palabras de Jesús según se halla en Lucas 10:7 y las llama «Escrituras».
Estos dos pasajes tomados juntos indican que durante el tiempo en que se esta­ban escribiendo los documentos del Nuevo Testamento se tenía conciencia de que se estaban haciendo adiciones a esta categoría especial de escritos llamados «Escri­turas», que eran escritos que tenían el carácter de ser palabras de Dios mismo. Así que una vez que establecemos que un escrito del Nuevo Testamento pertenece a la categoría especial de «Escrituras», tenemos razón para aplicar también 2 Timoteo 3:16 a esos escritos, y decir que esos escritos también tienen la característica que Pablo atribuye a «todas las Escrituras»: es «inspirada por Dios», y todas sus palabras son palabras de Dios mismo.
¿Hay alguna evidencia adicional de que los escritores del Nuevo Testamento pensaban que sus propios escritos (no simplemente los del Antiguo Testamento) eran palabras de Dios? En algunos casos, los hay. En 1 Corintios 14:37 Pablo dice: «Si alguno se cree profeta o espiritual, reconozca que esto que les escribo es mandato del Señor». Pablo aquí ha instituido una serie de reglas para el culto en la iglesia de Corinto y ha afirmado que son «mandatos del Señor», porque la frase que se tradu­ce «esto que les escribo» contiene un pronombre griego plural relativo (ja) y se tra­duce más literalmente: «las cosas que les escribo son mandatos del Señor».
Una objeción en cuanto a ver las palabras de los escritores del Nuevo Testa­mento como palabras de Dios se toma a veces de 1 Corintios 7:12, en donde Pablo hace distinción entre sus palabras y las palabras del Señor: «A los demás les digo yo (no es mandamiento del Señor)...». Sin embargo, una interpretación apropiada de este pasaje se obtiene de los versiculos 25 y 40. En el versículo 25 Pablo dice que no tiene mandamiento del Señor respecto a los solteros sino que está dando su propia opinión. Rsto debe querer indicar que él no tenía conocimiento de nada que Jesús hubiera dicho sobre este tema y probablemente también que no había recibido ningu­na revelación subsecuente de Jesús al respecto. Esto es diferente de la situación del versículo 10, en donde simplemente podría repetir el contenido de la enseñanza te­rrenal de Jesús: «que la mujer no se separe de su esposo». Por tanto, el versículo 12 debe querer decir que Pablo no tenia ningún registro de ninguna enseñanza terrenal de Jesús sobre el tema del creyente casado con una esposa que no era creyente. Por consiguiente, Pablo da sus propias instrucciones: «A los demás les digo yo (no es mandamiento del Señor): Si algún hermano tiene una esposa que no es creyente, y ella consiente en vivir con él, que no se divorcie de ella» (1 Co 7:12).
Es impresionante, por consiguiente, que Pablo puede seguir en los versículos 12-15 a dar varias normas éticas específicas a los corintios. ¿Qué le dio el derecho de hacer tales mandamientos morales? El dice que habla «como quien por la mise­ricordia del Señor es digno de confianza» (1 Co 7:25). Parece implicar aquí que sus opiniones podían colocarse en el mismo nivel autoritativo de las palabras de Jesús. Por tanto, 1 Corintios 7:12, «a los demás les digo yo (no es mandamiento del Se­ñor)», es una afirmación asombrosamente fuerte de la propia autoridad de Pablo; si él no tenía ninguna palabra de Jesús que se aplicara a alguna situación, usaba las propias, porque sus propias palabras ¡tenían igual autoridad que las palabras de Jesús!
Indicaciones de una noción similar respecto a los escritos del Nuevo Testamen­to se hallan en Juan 14:26 y 16:13, en donde Jesús prometió que el Espíritu Santo les haría recordar a los discípulos todo lo que él les habia dicho y les guiaría a toda la verdad. Esto indica una obra especial de superintendencia del Espíritu Santo por la cual los discípulos podrían recordar y anotar sin error todo lo que Jesús les había di­cho. Indicaciones similares se hallan también en 2 Pedro 3:2; 1 Corintios 2:13; 1 Te- salonicenses 4:15, y Apocalipsis 22:18-19.
2.  Estamos convencidos de las afirmaciones de la Biblia de que es la Palabra de Dios al leer la Biblia. Una cosa es afirmar que la Biblia afirma ser la Palabra de Dios; es otra cosa estar convencido de que esas afirmaciones son ciertas. Nuestra convicción suprema de que las palabras de la Biblia son Palabra de Dios viene sólo cuando el Espíritu Santo habla en la Biblia y mediante las palabras de la Biblia a nuestros corazones y nos da una seguridad interna de que esas son palabras de nuestro Creador hablándonos. Poco después de que Pablo ha explicado que su dis­curso apostólico consiste de palabras enseñadas por el Espíritu Santo (1 Co 2:13), dice: «El que no tiene el Espíritu no acepta las cosas que proceden' del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espintualmente» (1 Co 22:14). Sin la obra del Espíritu de Dios, una persona no reci­birá verdades espirituales y en particular no recibirá ni aceptará la verdad de que las palabras de las Escrituras son en realidad palabras de Dios.
Pero en las personas en quienes el Espíritu de Dios está obrando hay un recono­cimiento de que las palabras de la Biblia son palabras de Dios. Este proceso es es­trechamente análogo a aquel por el cual los que creen en Jesús saben que sus palabras son verdad. Él dijo: «Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me si­guen» (Jn 10:27). Los que son ovejas de Cristo oyen la voz de su gran Pastor al leer las palabras de la Biblia, y se convencen de que estas palabras son en realidad palabras de su Señor.
Es importante recordar que esta convicción de que las palabras de la Biblia son palabras de Dios no resulta aparte de las palabras de la Biblia ni en adición a las pala­bras de la Biblia. No es como si el Espíritu Santo un día susurrara a nuestro oído: «¿Ves esa Biblia sobre tu escritorio? Quiero que sepas que las palabras de esa Biblia son palabras de Dios». Es más bien que conforme los individuos leen la Bibba oyen la voz de su Creador hablándoles en las palabras de la Biblia y se dan cuenta de que el libro que están leyendo es diferente a cualquier otro, que es en verdad un libro palabras de Dios que hablan a su corazón.
3.  Otra evidencia es útil pero no definitivamente convincente. La sección pre­via no tiene el propósito de negar la validez de otra clase de argumentos que se puedan usar para respaldar la afirmación de que la Biblia es la Palabra de Dios. Es útil que aprendamos que la Biblia es históricamente exacta, que es internamente congruente, que contiene profecías que se han cumplido cientos de años más tar­de. que ha influido en el curso de la historia humana más que cualquier otro libro, que continuamente ha cambiado la vida de millones de individuos en toda su his­toria, que por ella las personas hallan la salvación, que tiene una belleza majestuo­sa y profundidad de enseñanza que ningún otro libro iguala, y que afirma cientos de veces que son palabras del mismo Dios. Todos estos argumentos, y otros, son útiles para nosotros y eliminan los obstáculos que pudieran interponerse para que creamos la Biblia. Pero todos estos argumentos, tomados individualmente o en conjunto, no pueden ser definitivamente convincentes. Como dice la Confesión Wcstminster de fe en 1643-46:
El testimonio de la iglesia puede impulsamos e inducimos a una estimación más alta y reverente de las Sagradas Escrituras Lo celestial del asunto, la eficacia de la doctrina, la majestad del estilo, el consentimiento de todas panes, el alcance del todo (que es. dar toda gloria a Dios), la plena revelación que hace del único camino de salvación para el hombre, las muchas otras excelencias incomparables, y la per­fección entera consiguiente, son argumentos por los que en efecto da evidencia de ser la Palabra de Oíos: sin embargo, nuestra persuasión completa y segundad de la verdad infalible y consiguiente autoridad divina, brota de la obra interna del
Espíritu Santo que da testimonio a nuestros corazones por la palabra de Dios y con la palabra de Dios (cap. 1, para. 5).
4.   Las palabras de la Biblia son autoatestiguadoras. Así que las palabras de la Bi­blia son «autoatestiguadoras». No se puede «probar» que son palabras de Dios ape­lando a una autoridad más alta. Porque si se apelara a una autoridad más alta (digamos, precisión histórica o congruencia lógica) para probar que la Biblia es la Palabra de Dios, la Biblia en sí misma no sería nuestra autoridad más alta o absolu­ta; estaría subordinada en autoridad a aquello a lo que apelamos para probar que es la Palabra de Dios. Si en última instancia apelamos a la razón humana, o a la lógica,
o   a la exactitud histórica, o a la verdad científica, como la autoridad por la cual se demuestra que la Biblia es la Palabra de Dios, damos por sentado que aquello a lo que apelamos es una autoridad más alta que la Palabra de Dios, y más verdadera y más confiable.
5.   Objeción: Esto es un argumento circular. Alguien podría objetar que decir que la Biblia demuestra por sí misma que es la Palabra de Dios es usar un argumen­to circular: creemos que la Biblia es la Palabra de Dios porque ella misma afirma serlo; y creemos sus afirmaciones porque es la Palabra de Dios; y creemos que es la Palabra de Dios porque afirma serlo, y así por el estilo.
Hay que reconocer que este es una especie de argumento circular. Sin embar­go, eso no invalida su uso, porque todos los argumentos a favor de una autoridad absoluta deben en última instancia apelar a esa autoridad como prueba; de otra manera su autoridad no sería absoluta ni sería la autoridad más alta. Este problema no es exclusivo del creyente que afirma la autoridad de la Biblia. Todos, bien sea implícita o explícitamente, usan algún tipo de argumento circular al defender su autoridad suprema en cuestiones de fe.
Aunque estos argumentos circulares no siempre se hacen explícitamente y a veces se ocultan detrás de prolongados debates, o simplemente se dan por sentado sin prueba, los argumentos a favor de una autoridad suprema en su forma más bá­sica hacen una apelación circular semejante a la autoridad en sí misma, como muestran los siguientes ejemplos:
«Mi razón es mi suprema autoridad porque me parece razonable que sea así».
«La congruencia lógica es mi autoridad suprema porque es lógico que lo sea».
«Lo que descubren las experiencias sensoriales humanas son la autoridad suprema para descubrir lo que es real y lo que no lo es, porque nuestros sentidos humanos ja­más han descubierto ninguna otra cosa; así que la experiencia sensorial humana me dice que mi principio es verdad».
«Sé que no puede haber una autoridad suprema porque no sé de ninguna autoridad suprema que lo sea».
En iodos estos argumentos por una norma suprema de verdad, una autoridad absoluta para lo que se cree, interviene un elemento circular.'
¿Cómo escoge el creyente, o cualquier otra persona, entre las vanas afirmacio­nes de autoridad absoluta? Al fin y al cabo la veracidad de la Biblia se recomienda a si misma como mucho más persuasiva que otros libros religiosos < tales como el Li­bro de Mormón o el Corán), o que cualquier otra construcción intelectual de la men­te humana (tal como la lógica, la razón humana, la experiencia sensorial, la metodología científica, etc.). Será más persuasiva porque en la experiencia real de la vida todos los otros candidatos a autoridad suprema parecen incongruentes o tienen limitaciones que los descalifican, en tanto que se ve que la Biblia está en pleno acuerdo con todo lo que sabemos respecto al mundo que nos rodea, nosotros mismos y Dios.
La Biblia seria persuasiva en esta manera: si pensamos como es debido en cuan­to a la naturaleza de la realidad, nuestra percepción de ella y de nosotros mismos, y nuestra percepción de Dios. El problema es que debido al pecado, nuestra percep­ción y análisis de Dios y la creación es defectuosa. El pecado en última instancia es irracional, y el pecado nos hace pensar incorrectamente en cuanto a Dios y en cuanto a la creación. Por consiguiente, en un mundo libre de pecado la Biblia con­vencería a todos de que es la Palabra de Dios: pero debido a que el pecado distor­siona la percepción que las personas tienen de la realidad, no reconocen a la Biblia por lo que es en realidad. Por consiguiente, se requiere de la obra del Espíritu San­to. que este supere los efectos del pecado y nos permita persuadimos de que la Biblia en verdad es la Palabra de Dios, y que lo que afirma respecto a sí misma es verdad.
Asi que en otro sentido, el argumento en cuanto a la Biblia como Palabra de Dios y como nuestra autoridad suprema no es un argumento circular típico. El proceso de persuasión tal vez es mejor verlo como una espiral, en la cual el conoci­miento creciente de la Biblia y una creciente comprensión correcta de Dios y la creación tienden a suplementarse una a otra de una manera armoniosa, y cada una tiende a confirmar la exactitud de la otra. Esto no es decir que nuestro conocimien­to del mundo que nos rodea es una autoridad más alta que la Biblia, sino más bien que tal conocimiento, si es un conocimiento correcto, continúa dando una seguri­dad cada vez mayor y una convicción más profunda de que la Biblia es la única ver­dadera autoridad suprema, y que todas las demás afirmaciones que compiten por la autoridad suprema son falsas.
6. Esto no implica que el dictado de Dios haya sido el único medio de comuni­cación. Toda la pane previa de este capitulo ha sostenido que todas las palabras de la Biblia son palabras de Dios. En este punto es necesaria una palabra de precau­ción. El hecho de que todas las palabras de la Biblia sean palabras de Dios no debe llevamos a pensar que Dios dictó a los autores humanos toda las palabras de las Escrituras.
Cuando decimos que codas las palabras de la Biblia son palabras de Dios, esta­mos hablando del resultado del proceso de hacer que la Biblia llegue a existir. Le­vantar la cuestión del dictado es preguntar en cuanto al proceso que condujo a ese resultado, o a la manera en que Dios actuó a fin de asegurar el resultado que él se proponía. Hay que recalcar que la Biblia no habla de sólo un tipo de proceso ni sólo de una manera por la que Dios comunicó a los autores bíblicos lo que quería que se dijera. Es más. hay indicación de urui ampfid variedad de procesos que Dios usó para producir el resultado deseado.
Unos pocos casos esporádicos de dictado se mencionan explícitamente en la Bi­blia Cuando el apóstol Juan vio en una visión en la isla de Patmos al Señor resuci­tado, Jesús le dijo:«Escribe al ángel de la iglesia de Éfeso» (Ap 2:1); •Escribe al ángel de la iglesia de Esmima» (Ap 2:8': •Escribe al ángel de la iglesia de Pérgamo» (Ap 2:12). Estos son ejemplos de dictado puro y directo. El Señor resucitado le dice a Juan que escriba, y Juan escribe las palabras que oyó de Jesús.
Algo afin a este proceso se ve probablemente en forma ocasional en los profe­tas del Antiguo Testamento. Leemos en Isaías: «Entonces la palabra del Señor vino a Isaías: «Ve y dile a Ezequías que así dice el Señor. Dios de su antepasado David: "He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas; voy a darte quince años más de vida. Y a ti y a esta ciudad los libraré de caer en manos del rey de Asiría. Yo defende­ré esta dudad» (Is 38:4-6). El cuadro que se nos da en este relato es que Isaias oyó (es difícil decir si fue con su oido físico o mediante una impresión muy contunden­te en su mente) las palabras que Dios quiso que le dijera a Ezequías; e Isaías, ac­tuando como mensajero de Dios, tomó esas palabras y las dijo tal como se le instruyó.
Pero en muchas otras secciones de la Biblia tal dictado directo de Dios cierta­mente no fue la manera en que las palabras de la Biblia llegaron a existir. El autor de Hebreos dice que Dios les habló a nuestros padres por los profetas «muchas ve­ces y de varias maneras» (Heb 1:1). En el extremo opuesto del espectro del dictado tenemos, por ejemplo, la investigación histórica ordinaria de Lucas para escribir su Evangelio. Él dice:
Muchos han intentado hacer un relato de las cosas que se han cumplido entre noso­tros. tal y como nos las transmitieron los que desde el principio fueron testigos pre­senciales y servidores de la palabra. Por lo tanto, yo también, excelentísimo Teófilo, habiendo investigado todo esto con esmero desde su origen, he decidido escribírtelo ordenadamente... (Le 1:1-3).
Claramente esto no es un proceso de dictado. Lucas usó procesos ordinarios de conversar con testigos oculares y reunir información histórica a fin de poder escri­bir un relato preciso de la vida y enseñanzas de Jesús. Hizo su investigación históri­ca a cabalidad. escuchando los informes de muchos testigos oculares y evaluando con todo cuidado la evidencia. El evangelio que escribió martilla lo que él pensó importante recalcar y refleja su estilo característico al escribir.
Entre estos dos extremos de dictado puro y sencillo por un lado, y la investiga­ción histórica ordinaria por el otro, tenemos muchas indicaciones de varias maneras por las que Dios se comunicó con los autores humanos de la Biblia. En algunos ca­sos la Biblia nos da indicios de estos varios procesos: habla de sueños, visiones, de oir la voz de Dios, de estar en el concilio del Señor; también habla de hombres que estuvieron con Jesús y observaron su vida y oyeron su enseñanza, hombres cuyo recuerdo de estas palabras y obras fue hecho acertado por completo por la obra del Espíritu Santo al recordarles todas estas cosas (Jn 14:26). Sin embargo, en muchos otros casos simplemente no se nos dice la manera que Dios usó para producir el re­sultado de que las palabras de la Biblia fueran sus propias palabras. Evidentemente se usaron muchos métodos diferentes, pero no es impórtame que descubramos precisamente cuáles fueron en cada caso.
En casos en que intervino la personalidad humana ordinaria y el estilo de redac­ción del autor en forma prominente, como parece ser el caso con la mayor pane de la Biblia, todo lo que podemos decir es que la providencial supervisión y dirección de Dios en la vida de cada autor fue tal que sus personalidades, su trasfondo y edu­cación. su capacidad de evaluar los acontecimiento del mundo que los rodeaba, su acceso a información histórica, su juicio respecto a la exactitud de la información, y sus circunstancias individuales cuando escribieron, fueron exactamente lo que Dios quería que fueran, de modo que cuando llegaron al momento preciso de po­ner la pluma sobre el papel, las palabras fueron plenamente sus palabras pero tam­bién plenamente las palabras que Dios quería que escribieran, palabras que Dios afirmaría que eran las suyas propias.
B.  Por consiguiente, no creer o desobedecer alguna palabra de la Biblia es no creer o desobedecer a Dios
La sección precedente afirma que todas las palabras de la Biblia son palabras de Dios. Consecuentemente, no creer o desobedecer alguna palabra de la Biblia es no creer o desobedecer a Dios mismo. Así, Jesús puede reprender a sus discípulos por no creer las Escrituras del Antiguo Testamento (Le 24:25). Los creyentes deben guardar y obedecer las palabras de los discípulos (Jn 15:20: «Si han obedecido mis enseñanzas, también obedecerán las de ustedes»). A los creyentes se les anima a re­cordar «el mandamiento que dio nuestro Señor y Salvador por medio de los após­toles» (2 P 3:2). Desobedecer lo que Pablo escribe era acarrearse la disciplina eclesiástica, tal como la excomunión (2 Ts 3:14) y el castigo espiritual (2 Co 13:2-3), incluyendo castigo de Dios (este es el sentido evidente del verbo pasivo «será reconocido» en 1 Co 14:38). En contraste. Dios se deleita en todo el que «tiembla» a su palabra (Is 66:2).
En toda la historia de la iglesia, los grandes predicadores han sido los que han reconocido que no tienen autoridad en si mismos y han visto su tarca como la de explicar las palabras de la Biblia y aplicarlas claramente a la vida de sus oyentes. Su predicación ha derivado su poder no de la proclamación de sus propias experien­cias cristianas ni de las experiencias de otros, ni tampoco de sus propias opiniones, ideas creativas o habilidad retórica, sino de las palabras poderosas de Dios.' Esen­cialmente se pararon en el pulpito, señalaron el texto bíblico, y en efecto le dijeron a la congregación: «Esto es lo que significa este versículo. ¿Ven ustedes también ese significado aquí? Entonces deben creerlo y obedecerlo de todo corazón, por­que Dios mismo, su Creador y Señor, ¡se lo está diciendo hoy mismo!» Sólo las pa­labras escritas de la Biblia pueden dar esta clase de autoridad a la predicación.
C.   La veracidad de las Escrituras
1.  Dios no puede mentir ni hablar falsedades. La esencia de la autoridad de la Bi­blia es que puede obligamos a creerla y a obedecerla y a hacer que tal creencia y obediencia sean equivalentes a creer y obedecer a Dios mismo. Debido a que esto es asi, es necesario considerar la veracidad de la Biblia, puesto que creer todas las palabras de la Biblia implica confianza en la completa veracidad de las Escrituras en que creemos. Aunque se considerará este asunto más completamente cuando consideremos la inerrancia de la Biblia (vea capitulo 5). aquí daremos una breve consideración.
Puesto que los escritores bíblicos repetidamente afirman que las palabras de la Biblia, aunque humanas, son palabras de Dios, es apropiado buscar versículos bí­blicos que hablen del carácter de las palabras de Dios y aplicarlos al carácter de las pa­labras de la Biblia. Específicamente, hay una serie de pasajes bíblicos que hablan de la veracidad de lo que Dios dice. Tito 1:2 habla de «Dios, que no miente», o (tradu­cido más literalmente) «el Dios sin mentira». Debido a que Dios es un Dios que no puede decir «mentira», siempre se puede confiar en sus palabras. Puesto que todas las Escrituras son dichas por Dios, todas las Escrituras deben ser «sin mentira», tal como Dios mismo lo es; no puede haber falsedad en las Escrituras.
Hebreos 6:8 menciona dos cosas inmutables (el juramento de Dios y su prome­sa) «en las cuales es imposible que Dios mienta». Aquí el autor no dice solo que Dios no miente, sino que no es posible que mienta. Aunque la referencia inmediata es sólo a juramento y promesas, si es imposible que Dios mienta en estos pronuncia­mientos, ciertamente es imposible que él mienta jamás (porque Jesús con rigor re­prende a los que dicen la verdad sólo cuando están bajo juramento: Mt 5:33-37; 23:16-22). De modo similar. David dice de Dios: «¡Tú eres Dios, y tus promesas son fieles’» (2 S 7:28).


2.   Por consiguiente, todas las palabras de la Biblia son completamente verdad y sin error en parte alguna. Puesto que las palabras de la Biblia son palabras de Dios, y puesto que Dios no puede mentir ni decir falsedades, es correcto concluir que no hay falsedad ni error en parte alguna de las Escrituras. Hallamos esto afir­mado en vanos lugares de la Biblia. «Las palabras del Señor son puras, plata refinada en un homo en el suelo, purificada siete veces» (Sal 12:6. traducción del autor). Aqui el salmista usa imágenes vivas para hablar de la pureza no diluida de las pala­bras de Dios; no hay imperfección en ellas. También en Proverbios 30:5 leemos; •Toda palabra de Dios es digna de crédito; Dios protege a los que en él buscan refu­gio». No es que algunas de las palabras de las Escrituras son verdad, sino que toda palabra es verdad. De hecho, la palabra de Dios está fija en el cielo por toda la eter­nidad: «Tu palabra. Señor, es eterna, y está firme en los cielos- Sal 119:89 .Jesús pue­de hablar de la naturaleza eterna de sus propias palabras: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán* Mt 24:35). Lo que Dios habla se coloca en marcado contraste con todo lo que dicen los humanos, porque «Dios no es un simple mortal para mentir y cambiar de parecer» < Nm 23:19). Estos versículos afir­man explícitamente lo que estaba implícito en el requisito de que creamos todas las palabras de la Biblia, es decir, que no hay falsedad en ninguna de las afirmacio­nes de la Biblia.
3.   Las palabras de Dios son la norma última de verdad. En Juan 1 "Jesús ora al Padre: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad* (Jn 17:17). Este versículo es interesante porque Jesús no usa los adjetivos aletzinos o aletzes («verdadero») que uno esperaría, para decir «tu palabra es verdadera»; sino que más bien usa un sustantivo: aletzeia («verdad») para decir que la palabra de Dios no es simplemente «verdadera» sino que es la verdad misma.
La diferencia es significativa, porque esta afirmación nos anima a pensar no solo que la Biblia es «verdadera» en el sentido de que se ajusta a alguna norma más alta de verdad, sino más bien a pensar que la Biblia en si misma es la norma definiti­va de la verdad. La Biblia es la Palabra de Dios, y la Palabra de Dios es la definición suprema de lo que es verdadero y lo que no es verdadero: la palabra de Dios en sí misma es verdad. Así que debemos pensar que la Biblia es la suprema norma de verdad, el punto de referencia por el cual se debe medir toda otra afirmación de ve­racidad. Las afirmaciones que se ajustan a las Escrituras son «verdaderas», en tanto que las que no se ajustan a la Biblia no son verdaderas.
¿Qué es, entonces, verdad? Verdad es lo que Dios dice, y tenemos lo que Dios dice (exacta pero no exhaustivamente) en la Biblia.
4.   ¿Podría alguna vez algún nuevo hecho contradecir la Biblia? ¿Se descubrirá alguna vez algún nuevo hecho dentifico o histórico que contradiga a la Biblia? Aqui podemos decir con confianza que eso nunca sucederá; es más. es imposible. Si se descubriera algún supuesto «hecho» que se diga que contradice a la Biblia, en­tonces (si hemos entendido correctamente la Biblia) ese «hecho» debe ser falso, porque Dios, el autor de las Escrituras, conoce todos los hechos verdaderos (pasa­dos. presentes y futuros). Ningún hecho aparecerá jamás que Dios no haya sabido


desde antes de la creación y tomado en cuenta cuando hizo que se escribieran las Escrituras. Todo hecho verdadero es algo que Dios ha conocido ya desde la eterni­dad V algo que por consiguiente no puede contradecir lo que Dios dice en la Biblia.
No obstante, se debe recordar que el estudio científico o histórico (tanto como otras clases de estudios de la creación) puede llevamos a volver a examinar la Bi­blia para ver si en realidad enseña lo que se pensaba que enseña. La Biblia por cier­to no enseña que la rierra fue creada en el año 4004 a.C.. como una vez se pensaba
i porque las listas genealógicas de la Biblia nenen lagunas).'* Sin embargo, fue en parte el estudio histórico, arqueológico, astronómico y geológico lo que hizo que los cristianos volvieran a examinar la Biblia para ver si en realidad enseñaba un ori­gen tan reciente de la tierra. El análisis cuidadoso del texto bíblico mostró que en realidad no enseña eso.
De forma similar, la Biblia no enseña que el sol gira alrededor de la tierra, por­que sólo usa descripciones de los fenómenos según los vemos a simple vista y no pretende describir el teje y maneje del universo desde algún punto arbitrario «fijo» en algún lugar del espacio. Sin embargo, antes de que el estudio de astronomía avanzara lo suficiente como para demostrar la rotación de la tierra sobre su eje. la gente daba por sentado que la Biblia enseñaba que el sol giraba alrededor de la tierra. Después, el estudio de la información científica motivó a un nuevo examen de los apropiados textos bíblicos. Así que siempre que nos veamos frente a algo que se diga que contradice a la Biblia, debemos no sólo examinar la información que se aduce que demuestra el hecho en cuestión, sino también debemos volver a examinar los textos bíblicos apropiados para ver si la Biblia de veras enseña lo que se creía que enseñaba.
Nunca debemos temer, sino más bien siempre recibir con beneplácito cual­quier nuevo hecho que se pueda descubrir en cualquier ámbito legítimo de investi­gación o estudio humanos. Por ejemplo, los descubrimientos de los arqueólogos que trabajaban en Siria han sacado a la luz las tablas Ebla. Estos registros extensos escritos del periodo alrededor de 2000 a.C. a la larga arrojarán gran luz sobre nues­tra comprensión del mundo de los patriarcas y los hechos conectados con la vida de Abraham, Isaac yjacob. ¿Deben los cristianos albergar alguna aprehensión per­sistente de que la publicación de tal información demostrará que algún hecho de Génesis es incorrecto? ¡Ciertamente no! Debemos con anhelo esperar la publica­ción de toda esa información con la confianza absoluta de que si se entiende co­rrectamente será congruente con la Biblia, y confirmará totalmente la exactitud de las Escrituras. Ningún hecho verdadero jamás contradecirá las palabras del Dios que lo sabe todos y nunca miente.
D.    Las Escrituras son la autoridad definitiva
Es importante darse cuenta de que la forma final en que las Escrituras siguen siendo autoritativas es su forma escrita. Fueron las palabras de Dios escritas en las tablas de piedra que Moisés depositó en el arca del pacto. Más adelante Dios orde­nó a Moisés y a los profetas después de este que escribieran sus palabras en un
l4Vea en d c«pirulo 15. pp 289-309 una expbcaoán de la edad de la tierra, y pp 290-91 una exphcaoán de las brechas en las genealogías
libro. Fue acerca de las Escrituras ígrafe i que Pablo dijo que eran «inspirada por Dios* (2 Ti 3:16). De modo similar, los escritos de Pablo son «mandato del Señor» (1 Co 14:37) y se podían incluir en «las otras Esenturas» (2 P 3:16).
Esto es importante porque algunos a veces (intcncionalmcnte o no) intentan sustituir alguna otra norma definita que no son las palabras de la Biblia. Por ejem­plo, algunos a veces se refieren a «lo que Jesús realmente dijo» y aducen que cuan­do traducimos las palabras griegas de los Evangelios de nuevo al arameo que Jesús habló, podemos obtener una mejor comprensión de las palabras de Jesús que las que dan los escritores de los Evangelios De hecho, a veces se dice que este trabajo de reconstruir las palabras de Jesús en arameo nos permite corregir las traduccio­nes erróneas que hicieron los autores de los Evangelios.
En otros casos hay quienes han aducido saber «lo que Pablo realmente pensa­ba» aun cuando sea diferente del significado de las palabras que escribió; o han ha­blado de «lo que Pablo debía haber dicho si hubiera sido congruente con el resto de su teologia». De modo similar, otros han hablado de «la situación de la iglesia a La cual Mateo escribió» y han intentado dar fuerza normativa bien sea a esa situación o a la solución que piensan que Mateo estaba intentando ofrecer en esa situación.
En todos estos casos debemos reconocer que preguntar respecto a las palabras o situaciones que están «en el trasfondo» del texto de las Escrituras puede a veces ser útil para comprender lo que ese texto significa. Sin embargo, nuestras recons­trucciones hipotéticas de todas esas palabras y situaciones nunca pueden reempla­zar ni competir con la Biblia misma como autondad final, ni debemos permitirles contradecir o poner en tela de duda la exactitud de alguna de las palabras de la Bi­blia. Debemos continuamente recordar que tenemos en la Biblia las mismas pala­bras de Dios, y no debemos tratar de «mejorarlas» de ninguna manera, porque eso no se puede hacer. Más bien, debemos procurar entenderlas y entonces confiar en ellas y obedecerlas de todo corazón.
1.    Si usted quiere persuadir a alguien de que la Biblia es la Palabra de Dios, ¿qué querría usted que esa persona leyera más que cualquier otra pieza de li­teratura?
2.     ¿Quién intentaría hacer que las personas quieran no creer algo de la Biblia, o desobedecer algo de la Biblia? ¿Hay algo en la Biblia que usted quiere no creer u obedecer? Si sus respuestas a alguna de las dos preguntas última son positivas, ¿cuál es el mejor método de lidiar y tratar con los deseos que usted tiene en todo eso?
3.    ¿Sabe usted de algún hecho demostrado en toda la histona que ha mostrado que algo en la Biblia es falso? ¿Se puede decir eso respecto a otros escritos re­ligiosos tales como el Libro de           o el Corán? Si usted ha leído otros li­bros como éstos, ¿puede describir el efecto espiritual que ejercieron en usted? Compare eso con el efecto espiritual que surtió en usted la lectura de la Biblia. ¿Puede decir que al leer la Biblia usted oye la voz de su Creador ha­blándole de una manera que no es verdad en cuanto a ningún otro libro?
4.     ¿Alguna vez se halla creyendo algo no porque tiene evidencia extema sino simplemente porque está escrito en la Biblia? ¿Es esa fe apropiada, según Hebreos 11:1? Si usted cree algo simplemente porque la Biblia lo dice, ¿qué piensa que Cristo le dirá respecto a este hábito cuando usted esté frente a su tribunal? ¿Piensa usted que confiar y obedecer todo lo que la Biblia afirma le llevará a pecar o le alejará de la bendición de Dios en su vida?
dictado Escrituras inspirada por Dios inspiración inspiración plenaria
(Para una explicación de esta bibliografía vea la nota sobre la bibliografía en el capitulo
l.         p. 40. Datos bibliográficos completos se pueden encontrar en las páginas 1298-1307.)
Secciones en Teologías Sistemáticas Evangélicas
1. Anglicana (episcopal)

1882-92
Litton, 18-40

1930
Thomas. 115-20. 123-33, 141-45
2.
Arminiana (wesleyana o metodista)

1875-76
Pope, 1:92-99. 156-92

1892-94
Miley, 2:481-89

1940
Wiley. 1:166-84

1960
Purkiser, 60-80

1983
Cárter, 1:287-330
3.
Bautista


1767
Gilí, 1:15-37

1907
Strong, 111-242

1917
Mullins, 142-44, 150-53

1976-83
Henrv. 2:247-334; 3:28-47. 203-488: 4:7-271, 470-93

1983-85
Erickson, 175-259

1987-94
Lewis/Demarest. 1:93-171
4.
Dispensacíonal

1947
Chafer. 1:21-104, 120-23

1949
Thiessen. 43-49, 62-74

1986
Ryrie, 20-22, 63-76
5.
Luterana


1917-24
Pieper. 1:193-317. 349-59

1934
MueDer. 90-136
6. Reformada o presbiteriana)






1559
Calvino, 1:7-8, 74-93
1861
Heppe, 21-28
1871-73
Hodge, 1:153-82
1887-1921
Warfield. 1AB 3-410, 419-42; SSW 2:537-638
1889
Shedd, 1:70-110:3:27-88
1937-66
Murrav. CW 3:256-62; CW 4:30-57
1938
Berkhof, lntro. 144-65, 182-86
1962
Buswell, 1:183-93, 198-213
Renovada (o carismática o pentecostal)
1988-92
Williams, 1:22-25

Secciones en Teologías Sistemáticas Católicas Romanas Representativas
1.    Católica Romana: tradicional
1955 Ott (ningún tratamiento explícito)
2.     Católica Romana: Post Vaticano II
1980 McBrien, 1:62-77, 201-44
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2  Timoteo 3:16: Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para repren­der, para corregir y para instruir en la justicia.
«Las promesas de Jesús»
Todas las promesas del Señor Jesús
Son apoyo poderoso de mi fe;
Mientras luche aqui buscando yo su luz.
Siempre en sus promesas confiaré.
Coro:
Grandes, fieles.
Las promesas que el Señor Jesús ha dado. Grandes, fieles.
En ellas para siempre confiaré.
Todas sus promesas para el hombre fiel. El Señor en sus bondades cumplirá.
Y  confiado sé que. para siempre, en El Paz eterna mi alma gozará.
Todas las promesas del Señor serán Gozo y fuerza en nuestra vida terrenal: Ellas en la dura lid nos sostendrán.
Y  triunfar podremos sobre el mal.
AUTOR: R KELSO CARTER JMo. TRAD VICENTE MENDOZA •TOMADO DEL HIMNARIO BAUTISTA, #331)




[1]                Por supuesto, no quiero decir que toda palabra de las Escrituras fue dicha audiblemente por Dios mismo, puesto que la Biblia registra las palabras de cientos de diferentes personas, tales como el rey David y Pedro, e in­cluso el mismo Satanás. Pero si quiero decir que incluso las fitas de otros son informes de Dtot de lo que dijeron, y. correctamente interpretadas en sus contextos, vienen a nosotros con la autondad de Dios.

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